SIN SUFRIMIENTO DEBO AMAR

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SIN SUFRIMIENTO DEBO AMAR

Frida Kahlo y Diego Rivera

De M. A. Rubio
@IlpRubio

Como todos bien sabemos, febrero es el mes del amor, por lo que no podía dejarse de un lado en la columna del mes de febrero, un breve comentario acerca de las relaciones interpersonales. Es complicado entender con toda claridad las implicaciones que una relación interpersonal puede llevar consigo, pues en específico, el ser humano se desarrolla como un animal que necesita en todo momento de convivencia con un sin número de personas a su alrededor; desde que nace hasta que muere, este se ve implicado en nexos de distinta índole, ya sea mediante el ambiente que le rodea, las personas con las que tiene contacto, o en sus explicaciones racionales del mundo exterior en todo sentido.

No deja de ser ilustrativo como desde muy temprana edad, el hombre necesita del calor, afecto y cuidado de los padres; siendo esto en gran medida lo que ha de permitirle desarrollarse con el mundo circundante. Pero más ilustrativo es, ver como de aquella primera relación de un sujeto, pueden nacer demás explicaciones de manera social o natural, acerca de lo que lo rodea. No conocemos el mundo de forma autónoma, sino de manera en que imitamos todas aquellas impresiones y valoraciones que nuestros padres nos trasmiten acerca del mundo –que además, nos es peligroso- sorteando toda suerte de incapacidades y superando nuestras habilidades a lo largo de la vida.

Ya si aceptamos que la familia es el núcleo de la sociedad (como diría Marx) o no, lo que si es cierto es que hemos construido todo un entretejido conceptual de explicaciones sobre diferentes formas de relaciones. Existen relaciones sociales, jurídicas, antropológicas, psicológicas, afectuosas, pedagógicas y biológicas; y según sea nuestra ideología, hemos tendido a inclinar la balanza de alguna de ellas sobre las demás, a veces reconociendo que todo es social, por lo que las pautas normativas determinan como ha de desarrollarse alguien con su entorno, pero también, hemos dado primacía a las pautas biológicas, decidiendo darle mayor importancia a todo aquello que nos autocompone como persona, para darle explicación a cada uno de los problemas que deseemos sortear. No obstante de ello, hay algo muy en el fondo de todo esta construcción científica acerca de nosotros mismos y de cómo nos desarrollamos, que nos ha de permitir entender qué somos y porqué decidimos de forma racional –a veces irracional- entrar en contacto con un alter, es decir, con otro que nos es desconocido.

Debo decir que no es sencillo reflexionarlo, ni mucho menos pretendo lograr acertar de forma contundente en ello. Lo que sí debo permitirme expresar, es que ese algo, que necesariamente es esencial en el hombre, no puede ser identificado con nada que sea ajeno a él; pues muchas de las veces, la espiritualidad del hombre –no en sentido religioso- se encuentra en su constante capacidad de relación, dejando a un lado lo que lo impulsa y motiva a ello. Si es cierto lo que muchos psicólogos optimistas han entendido, y la espiritualidad del hombre no reside en su racionalidad, sino en una bifurcación de sentimientos (entre el amor y el sentimiento de autodestrucción) entonces no es difícil entender porque nos desarrollamos; ya sea con la finalidad de emprender una relación de apoyo, o con la finalidad de causar daño al otro. Pero me parece que no sería equivocado pensar que una de ellas encubre muy en el fondo a la otra, porque muchas de las veces, cuando dejamos de amar es cuando deseamos el odio.

Si el amor es esa esencia espiritual que configura al hombre y que necesariamente cuando se termina ese amor, nosotros damos pie a ese carácter autodestructivo, reconociendo que en la medida en que amamos nos relacionamos y, que en la medida que odiamos dejamos de relacionarnos, es algo que por sus características propias parece acertado. Y si el amor no es nada más que la esencia espiritual del hombre, no nos queda nada más que dejar de justificar el amor en esa necesidad de relación, para comenzar a justificar la necesidad de relación con el amor.

Pero hay algo más que me inquieta en esta reflexión y que va más encaminado al amor en el sentido del eros. Parto de reconocer que como Freud bien decía, el ser humano articula una serie de mecanismos para evitar el dolor y que muchas veces, no puede ser más que evidente que el dolor más grande que puede sentirse es después de la pérdida del objeto amado. Cuando perdemos el objeto amado, ese conflicto interno que nos lleva a desear evitar el dolor que implicó su perdida, nos motiva a negarnos la satisfacción de amar; entrañando todo una serie de mecanismos racionales por los cuales negar que la única razón por la que no deseamos el amor es el evitamiento de ese dolor posterior. Ya así justificamos de manera ideológica a través de explicaciones científicas, porque las relaciones interpersonales profundas no son benéficas en el hombre y como debemos superar esa etapa “irracionalmente emotiva de la humanidad” para lograr un estado superior, que puede ser identificada fácilmente como un abismo de vacío individualista.

Quiero concluir con una última reflexión, pero esta vez deseo y espero con total confianza que las palabras de alguien más, puedan expresar mejor mis ideas que mis propias palabras.

 

“La mayoría de las gentes ni siquiera tienen conciencia de su necesidad de conformismo. Viven con la ilusión de que son individualistas, de que han llegado a determinadas conclusiones como resultado de sus propios pensamientos –y que simplemente sucede que sus ideas son iguales a las de la mayoría-. “

Erich Fromm, El arte de amar.

 

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