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DEMOCRACIA V. DICTADURA

DEMOCRACIA V. DICTADURA:
Costos y beneficios de la representación política popular.

Por José Rubén Villegas Govea.
Alumno de 3º año en la Escuela Libre de Derecho.

 

Las cosas malas llegan de tres en tres, dice el viejo dicho anglosajón- y la política no parece ser la excepción. En los últimos meses, han sido tres los sucesos que han sacudido al mundo, todos ellos sumamente inesperados y sumamente alarmantes. Independientemente de las diferencias geográficas y culturales entre los protagonistas de cada escenario, uno situado en Colombia, uno en Gran Bretaña, y otro en EE.UU., la nota común entre el triste trío no es nada menos que la forma de gobierno más glorificada y más proliferada del siglo XXI: la democracia representativa.

El hecho de que decisiones tan importantes para la vida nacional de los tres países antes mencionados- y sin duda, para el progreso económico y social del resto del orbe- hayan sido sacrificadas ante la opinión pública, con tan graves consecuencias, ha resonado incluso ante quienes más ardientemente exaltan las virtudes de la supremacía de la voluntad popular en la política. Han sido necesarias, no una, sino tres patadas a la cabeza para despertarnos ante el lado oscuro de aquella forma de gobierno que la sociedad occidental entera tomaba como infalible: el pésimo juicio del votante común, y el grave peligro que implica el permitirle decidir. Y como sucede con todo despertar, con él ha renacido una duda muy, muy antigua: ¿es realmente la democracia la mejor forma de gobierno? Y, de no ser así, ¿entonces cuál lo es?

La respuesta no ha de llegar ni simple ni rápidamente. El ser humano lleva milenios haciéndose la misma pregunta, pues la naturaleza de la respuesta repercute en la procuración de intereses tan variados como el orden y paz requeridos para la vida en sociedad, la garantía de que quienes pueden y tienen mucho, no tomen provecho de quienes pueden y tienen poco, y, en un nivel más personal, la construcción de una mejor realidad para aquello que conocemos y amamos. Para todo ello importa enormemente la manera en que las instituciones políticas se legitiman y se organizan, y el grado al que, derivado de tal legitimación y organización, logran proteger tanto nuestras necesidades inmediatas, como nuestros intereses a largo plazo.

Alrededor del año 325 a.C., Aristóteles escribió La Política, obra que se convertiría en el cimiento de la ciencia política moderna. En ella, comparó tres modelos de gobierno, marcando la diferencia entre sus estados puros, y corruptos. Como gobiernos puros hablaba de la monarkhia, o gobierno de uno; la aristokratia, o gobierno de los pocos; y la politeia, o gobierno de los muchos. Al referirse a estos regímenes en su estado perverso, hablaba a la vez de la tiranía, la oligarquía y, la democracia, refiriéndose a lo que hoy entenderíamos como demagogia). Pero, entre los tres modelos de gobierno, vigentes aún transcurridos miles de años tras el último respiro del filósofo, y nacidos mucho antes que él, ¿existe realmente una jerarquía objetiva?

Al hablar de política, tendemos a insertar subjetivismos en la discusión, refiriéndonos a nuestro tipo preferido de gobierno y a las ideas modernas como mejores que todos y todas las demás. Así, solemos rodear toda mención de la democracia de una sutil alabanza, refiriéndonos a otras formas de gobierno con un ligero tono peyorativo. Tal prejuicio es de esperarse; tanto nuestra antigua tradición cultural como miembros de Occidente, como nuestros encuentros recientes con otros tipos de gobierno, nos han permitido ver de cerca las fracturas e injusticias provocadas por la oligarquía en diversas iteraciones, y por la dictadura, en su iteración universal.

Esta preferencia lentamente ha adquirido los tonos característicos de un culto: defendemos a la democracia como panacea de la política, elogiando la mayor protección que dice otorgar a los valores de igualdad y libertad respecto de otros regímenes; a la concordancia que dice generar entre gobernantes y gobernados; y a su mayor longevidad y estabilidad, respecto de las monarquías y oligarquías modernas. Más aún, apuntamos al abundante número de democracias existentes y al aparente declive en el número de monarquías y Estados totalitarias como señal (supuestamente indiscutible) de la superioridad de nuestra propia forma de gobierno, aquella de la que a veces nos encontramos orgullosos incluso sin saber por qué.

Se nos olvida, como suele sucederle a quienes piensan en blanco y negro, que todo beneficio tiene un costo. Los antiguos griegos y romanos, dotados de una mentalidad más pragmática que la nuestra, no solo respecto del derecho sino de la política, reconocían no solamente los beneficios sino también las desventajas de la democracia y de la representación política popular, a la vez que reconocían los beneficios de una estructura estatal centralizada y anti-representativa, y no solo sus desventajas. No es por nada que Aristóteles, al ordenar los tres modelos de gobierno según su calidad, colocaba a la democracia como el peor de ellos; tampoco es coincidencia que los romanos convirtiesen el título de dictador en una magistratura extraordinaria, reconociendo la mayor eficiencia de los gobiernos liderados por una sola persona.

Es precisamente en el grado de efectividad de los diferentes regímenes donde podemos encontrar el mejor argumento en contra de la democracia, y a favor de la monarquía; las repúblicas representativas, como hemos vivido en carne propia, no solamente son extremadamente costosas, sino también lentas y corruptibles. Consecuencia necesaria de empoderar a un número suficientemente grande de representantes para argumentar que representan al pueblo, es la creación de una clase política pesada e imposible de recortar: el resultado, al menos en México, ha sido el nacimiento de un Estado gordo liderado por políticos que viven en su propia burbuja, completamente aislados de la realidad del pueblo y capaz de protegerse mutuamente ante toda crítica. Es, verdaderamente, una tiranía de los muchos.

La fe ciega en la bondad de la democracia, invención ni romana ni griega, sino francesa, la ha vuelto más peligrosa que cualquier otra forma de gobierno. Criticar a un monarca u oligarca puede resultar en represalias políticas, pero al menos reemplazar a esta clase de gobernantes es más fácilmente justificado, por devenir su poder de su riqueza, poderío militar, o demás factores ajenos al pueblo. Ello no ocurre en la democracia, donde, una vez legitimada la autoridad del gobernante, especialmente la del legislador, por la voluntad popular, su obra se vuelve infalible. Removerlo no es ya un ataque contra su ideología personal, sino contra la identidad y voluntad del pueblo entero. Es así como el respeto por la voluntad popular, concepto ideado para proteger al pueblo de la arbitrariedad de sus gobernantes, ha destruido la responsabilidad que pretendía engendrar, al volver al representante intocable ante sus representados.

A los demás beneficios que solemos atribuir a la democracia, debemos igualmente reconocerles un lado oscuro. La aparente longevidad de estos gobiernos, por ejemplo, podría deberse, no a su superioridad como forma de gobierno, sino a la corrupción de sus dirigentes, quienes se encubren y se esconden para prolongar su estadía en el poder, utilizando a las instituciones democráticas como capa y escudo a la vez. Del apego al pueblo que supuestamente garantizan las democracias, no digamos más; México, como el resto de las democracias latinoamericanas, es un excelente argumento para desaprobar el postulado, puesto que, si bien estos gobiernos suelen decirse la salvación del individuo, adoptando conceptos como el de los derechos humanos como estandarte, es más lo que dicen en la materia, que lo que hacen, y lo que hacen suele ser más en beneficio del político, que del hombre común.

Sin duda, habrá quienes, de forma casi automática- y más, diría yo, por instinto que por uso de la razón- saltarán a la defensa de la representación popular, argumentando que los males que vivimos como sociedad se deben a que, en la realidad, jamás hemos tenido un verdadero gobierno por y para el pueblo, y que, si realmente fuésemos un Estado democrático, aquellos demonios que llevan siglos acechándonos, quedarían exiliados para siempre. Curiosamente, tal postura es muy parecida a aquella sostenida por los lealistas de diversos gobiernos populistas modernos, el mejor ejemplo siendo el venezolano, cuyos partidarios neciamente insisten en que la razón por la que están sumidos en tan profundo y oscuro agujero no es el modelo económico socialista que han decidido seguir, sino la “mala aplicación” del mismo. Y, sin embargo, al preguntárseles cómo habrían de solucionar sus problemas, son incapaces de nombrar mejora alguna que no implicase dar un giro de 180º grados al sistema entero.

A quienes crean que no es la misma naturaleza de nuestra forma de gobierno la que ha generado algunos de nuestros peores problemas, y que simplemente no hemos sabido cómo implementarla con suficiente profundidad o exactitud, les plantearía lo siguiente. Imaginemos que el Estado mexicano cumpliere en su totalidad con la nota más esencial de toda democracia: que el gobierno fuere un espejo perfecto de sus ciudadanos, velando por los mismos sueños, dedicándose a las mismas metas, y atormentado por los mismos vicios. ¿Sería realmente tal gobierno, un buen gobierno? En un país como el nuestro, o como en muchísimos otros en los que la pobreza, la ignorancia, la superstición, y la discriminación son elementos compartidos por gran parte del pueblo… ¿es realmente bueno que los gobernantes reflejen a los gobernados? ¿O deberíamos desear, por más que nos duela admitirlo, que nuestros líderes no nos representaran, sino que fuesen, en vez de iguales, mejores a nosotros?

En efecto: la mayor falla de nuestra propia democracia no es la ineficacia de nuestro gobierno, ni su corrupción, ni su egoísmo; ni el hecho de que nuestra voluntad (o al menos la voluntad de la minúscula porción de la población que acude a las urnas) le brinde un socorro inmerecido a una clase política inefectiva e irresponsable. El problema no es que la democracia mexicana no haya cumplido con las notas esenciales de su género, sino que, por el contrario, las ha cumplido con demasiada precisión. Ha creado un Estado en el que quienes detentan el poder representan a sus electores a la perfección: con todo y sus peores imperfecciones.

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